"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

09 marzo 2015

Te he echado de menos.


Te he echado de menos. Mucho. Más de lo que te imaginas. Pero bueno, ya estoy de vuelta. Aquí me ves. Vuelvo como un niño a los brazos de su madre, como un cachorro en busca de mimos detrás de la oreja. Inexperto, como ves, con frases de principiante y palabras que saben a excusa. Vuelvo de improvisto y con las maletas sin hacer. Vuelvo con intención de quedarme, como un amante de ocasión que busca su fuerza de voluntad en la entrepierna de unas noches de hotel interminables que, por desgracia, terminan. Vuelvo con ganas de decirte que me quedo, que no habrá quien me saque de aquí. Vuelvo con el verbo 'prometer' bajo el brazo. Pero está magullado, algo resquebrajado por los bordes y con abolladuras de tanto lanzárselo a otras faldas. Vuelvo sabiendo que no podré quedarme, no por mucho tiempo. Porque vengo cansado y con fecha de caducidad.

Pero vengo con ganas de pellizcarte, ¿sabes? De tocarte un poquito allí donde no siempre me está permitido. Con ganas de sacudirte las dudas y quitarte el sueño de un mordisco, de soltarle una bofetada a los ojos que nos juzgan, que me juzgan, que en realidad nunca me han mirado. Vengo con un saco cargado de anécdotas que explicarte, con el bolsillo repleto de recuerdos que no cabrán en una charla. Te traigo algún que otro despojo de noches amargas, y la pulpa ácida y refrescante de las sonrisas que te debía y que me dejé en la mesilla. Traigo conmigo el repiqueteo de unos dedos un tanto desentrenados, pero dispuestos a retomar nuestra conversación donde la habíamos dejado. Y hacerte cosquillas hasta que me grites basta.

Porque hacía demasiado que no nos veíamos. Y mis comisuras ya empezaban a flojear. Necesitaban uno de tus besos reparadores, peligrosos por cercanos pero prudentes por no dar en el centro de la diana. Mis labios, sellados por una vida de cuentas pendientes que nunca se saldan, llevaban un tiempo diciéndome que esto no podía ser, que habían oído que mis dientes echaban de menos tus orejas y que mi boca se estaba quedando más seca que un desierto. Mis ojos miraban a otras por inercia, miraban sin mirar en absoluto. Aunque alguna llegó a pescarme las pupilas, lo reconozco. Pero fueron arrebatos de un pelele que todavía no se conoce, de un imberbe que ya ve la tabla frente a él, y los tiburones allí abajo relamiéndose. Fueron descuidos tontos, créeme. Inspiración vacía, copas a medio beber y carmín de un rojo que no es el tuyo, carmín de labios desteñidos de otras épocas. Me subí a otras cornisas para ver otras ciudades que no eran tuyas, me enfilé a los tejados de unas musas graciosas que me convencieron para que sacara mi pluma y mi tintero y me quedara un rato con ellas allí arriba, pintándoles las nubes de un color más agradable. Ya no sé si fueron ellas quienes me condujeron a sus locales nocturnos o acabé allí por navegar a la deriva.
Eso me pasa por no amarrarme a tus caderas. Eso me pasa por dejar pasar tu efecto, por no tomarte de un trago y emborracharme de tu risa, que aunque efímera, siempre es la más bonita. Me pasa por estúpido, por imprudente y por desarraigado. Me pasa porque me lo merezco, y me paso de correcto. Te dejé de lado, yo lo sé. Te abandoné y me puse a recitarle versos a las otras, a venderles mi cuerpo a un precio asequible para que me dejaran seco. Me dediqué a sus vientres y sus nucas, me até a sus manos y fui tras sus huellas. Me dediqué a perderte, en definitiva.

Pero hoy he vuelto. Te he echado de menos. Mucho. Y ya sé que te lo he dicho, y que repetirlo no cambiará las cosas. Quizás no merezca anidar en tu ombligo o que tus caderas me sacudan las ideas impuras e instalen las suyas en mi lado de la cama para que, cuando duerma a tu lado a partir de ésta y las noches que vendrán, me recuerden que un día fui tuyo y todavía te empeñas en tenerme. Quizás no debería haber vuelto con estas palabras, que agujeros y espinas tienen demasiados y se han ido vaciando y desangrando por el camino. Quizás no debería traerte flores ni contarte chorradas, porque quizás no quieras ni oírlas.

Simplemente deja que te entregue esta cajita de madera donde escondo un ‘gracias’ enorme por todo lo que has aguantado, un ‘perdón’ por cada palabra que no te dediqué y un ‘te quiero’ por ser tan etérea, comprensible y amistosa conmigo. Déjame que te de las gracias por aguantar este chaparrón, por acoger este torrente imprevisto e improvisto de intenciones, este juego absurdo de mis dedos con tu cuerpo. Déjame que te abrace, una vez más, que ya me marcho.


Déjame que te diga que eres única, que eres tú, desde siempre y para siempre. Y que te he echado de menos. Mucho. Más de lo que te imaginas, más de lo que me imaginaba.

22 enero 2015

Hoy has vuelto.


Hoy has vuelto a mí. Te creía olvidada, enterrada en un rincón del recuerdo cercano a la nostalgia, al “nos reiremos de esto con el tiempo”. Has vuelto con tus besos preciosos, tus canciones itinerantes y tus mejillas color rosa chicle. Has pasado, de puntillas y en silencio, por mi mañana casi lluviosa. Has recorrido con tus graciosos pies la memoria de un chico inexperto, un chico que veía estrellas tintineando en ojos ajenos, que prometía lunas a destajo y escribía versos aspirantes a ser canción de autor azucarada. Hoy has vuelto un rato, te has sentado en mi garganta que te quería gritar, pero no has llegado al estómago.
Porque ahora, que es un “de hoy en adelante”, mi garganta se traga este tipo de tonterías. Y las digiere rápido, créeme. Hoy, en esta mañana que quiere llover, ya no tengo lunas que prometer en el saco, ni versos ligeros que soltar a un viento despistado que los perderá seguro. Y me está bien. Porque ya no masco chicle, ni beso mejillas ajenas. Mis canciones están en acústico, en el tono que a mí me gusta y con acordes de noches en los que verdaderamente las estrellas están en sus ojos.
No diré que hayas venido con remordimiento de la mano, ni que lleves una diminuta sonrisa que asoma por tu bolso. No vienes con resentimiento o rencor, nunca los conocimos. No vienes para quedarte porque casi no has entrado, tímida y correcta como eres, o como te recuerdo.

Hoy son más preciosos mis besos, pero deseo que los tuyos sean tan bonitos como aquellos que en su día imaginé. Y espero, reloj en mano, que la vida te esconda en su ombligo y te cuide un poquito mejor, que te planche los vestidos que deberías ponerte más a menudo y te deje unas pocas sonrisas en la mesita de noche para cuando despiertes.

Hoy has vuelto sin querer y te marchas porque quiero. Eso sí, me has dejado estas palabras en los dedos, que ahora salen por tí y para mí. Hoy te he dejado entrar y dudo que el futuro cierre puertas si son así de agradables. Vuelve cuando quieras, o te encontraré por aquí, leyendo entre líneas.

04 diciembre 2014

Presencias presentes.


A veces, cuando estás solo en casa, sientes presencias. Presencias no identificables, casi indescriptibles. Son el reducto de una sensación pasajera, una especie de atmósfera espesa. Pero no de esas que se cortan con cuchillo. Una atmósfera más cercana al cuento de tinieblas, a la niebla baja, a los cristales empañados. Una atmósfera terrosa y gélida, que vuelve lo conocido en inhóspito, lo estable en caos oscuro. Sientes cómo la habitación, sea grande o pequeña, se reduce a centímetros, se apaga y se esconde en sí misma.
Das media vuelta en un movimiento brusco, crees que hay alguien detrás. Y quizás esté. Tal vez se haya sentado en esa silla vacía y esté mirándote escribir, o tal vez repta por el suelo bajo la mesa cerca de tus pies descalzos y desplaza el aire a su paso, que te roza las piernas. Y te asustas, claro. Quizás esa presencia que sientes amenazadora tiene las fauces abiertas o las garras afiladas, o quizás no. No sabes si está ahí. No estás seguro de que ese aliento invisible e insensible te esté acariciando la nuca realmente. Si ese crujido es intrínseco a la casa o si es provocado por algo o alguien o quién sabe qué. La única manera de saberlo es girar la cabeza. Hazlo, si te atreves.

Y yo me pregunto; ¿por qué sentir esas presencias como algo amenazador? ¿Por qué temerlas sólo por desconocer su origen o su forma o su condición? Quizás sí lo sean, espíritus vueltos del más allá, fantasmas de una vida anterior. Presencias de aquellos que ya no están pero estuvieron, muy cerca. Tan cerca como puedes sentirlos ahora. ¿Por qué creer que quieren hacerte daño? No lo hicieron entonces, no tendrían porqué hacerlo ahora. Tal vez ellos, que han conocido lo que hay después, saben cuál es nuestra gran asignatura pendiente. Ellos, que son capaces de vernos con distancia y varias perspectivas, saben que lo único que el ser humano no ha sido capaz de derrotar es la soledad.
Ellos, que sufrieron en sus carnes, cuando las tenían, el frío de un abrazo que nunca dieron, la huella imaginaria de un beso en la nuca con escalofrío, el dolor de esa silla vacía o el anhelo de una caricia por debajo de la mesa. Ellos, que eran tan alérgicos como tú al polvo que acumula el otro lado de la cama, el polvo de los cajones de recuerdos no vividos o el polvo de una noche en el sofá que se consumió antes de entrar por la puerta.
Puede que ellos, que saben lo duro que es sentirse solo, vuelvan no para asustarnos, sino para hacernos compañía. Y los sentimos como amenazas y auguramos un mal presagio. Quizás deberíamos aprender a cerrar los ojos para ver quién nos acompaña desde esa silla, o a rozar con los dedos de los pies ese saludo incorpóreo, o a recibir el beso en la nuca, con o sin colmillos.

No pueden traernos nada más de allí fuera, ni siquiera pueden traerse a sí mismos. Pero lo único que nos traen es aquello que más ansiamos sin saberlo; la buena cura de la más mala enfermedad. Su compañía contra nuestra soledad.