"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

16 marzo 2014

No todos los días de verano son verbena.


No todos los días de verano son verbena. Los hay que el calor es tan insoportable que se te derriten las neuronas, y por más que quieras escribir, te salen textos como éste. Te sientas en la terraza acompañado de una Coca-cola bien fresca y las plantas de tus pies se calientan contra el suelo. Es como un caminar por las brasas prolongado, una sensación de sufrimiento perversamente agradable. Es la tortura del que no tiene más entretenimiento. Y los dedos garabatean cualquier idea que flota en el aire, un aire que, por cierto, se está derritiendo del calor. Miras a lo lejos y ves esas ondas prácticamente invisibles que difuminan el paisaje, y te crees en el desierto. Es una especie de aventura eso de sentarse a contemplar.
Y entonces coges el gorro de paja y lo inclinas un poco, lo suficiente para que la sombra alcance tus ojos. Otro placer momentáneo. El torso desnudo, los tejanos cortos, remangados. Y el respaldo de mimbre que ya te está tatuando sus huellas en la espalda. Con titánico esfuerzo, coges la lata chorreante y das un trago. Y lo que te refresca por dentro también lo hace por fuera, y te renuevas a instantes con esa lujuria líquida.

Unos pasos sordos interrumpen el sueñecito bueno de la terraza. Unos pasos leves, casi felinos. Son sus pies descalzos, que ya buscan los tuyos. Y sus manos descienden como cascadas por tu pecho y tu ombligo y más allá. Y su mejilla izquierda queda contra tu derecha, y se te arruga el sombrero, y se te arruga la cara. Un susurro que es un saludo. Una broma absurda por tu parte y una risa que es su respuesta. Y al apartarse, su melena te roza los hombros y la nuca, y te provoca un escalofrío que te lleva al polo norte en un abrir y cerrar de ojos.

Y ya no está. Se ha ido para dentro. La buscas, todavía descalzo. Las baldosas están frías y tus pies lo agradecen. Miras a un lado y a otro, se esconde. Puedes olerla. Y la encuentras en la cocina, a oscuras. Entra un rayo de sol discreto por el tragaluz, que le da por la espalda. Una luz impertinente que la quiere hacer suya tanto como tú al ver su mirada. Te está pidiendo guerra y se muerde el labio para que no se le escapen las ganas. Tú sonríes dándote por aludido. No te lo piensas ni una, ni dos, ni tres veces. Es el instinto quien actúa por tí. Y ella, que ahora va de racional, te detiene a pocos centímetros de sus labios. Es uno de sus juegos macabros, en los que ella pone las reglas y tú tienes que adivinarlas. Entonces alarga el brazo y abre la nevera. Extrae otra lata, te rodea con sus brazos y, efectivamente, todo el frío acaba en tu espalda. Te retuerces pero ella no te suelta. Sonríe. Y tú te cagas en todo. Pero sonríes también, no te queda otra.
Y con los brazos todavía envolviéndote, comienza a contonearse, a soltar los cabos que sustentan sus caderas, que se empiezan a mover de un lado a otro con un movimiento hipnótico. Y bailáis a la luz del frigorífico, combatiendo de la mejor manera el calor sofocante del verano.

Porque no todos los días del verano son verbena. Pero sí hay verbenas que merecen todo un verano.

02 febrero 2014

La épica.


Supongo que al final poco importa la épica. Esos momentos tan intensos, de noches compartidas, de grandiosos castillos en el aire que no eran ni de arena. Sueños de una vida que se antojaba un poco demasiado dulce aunque tremendamente agradable. Aquello que se llaman planes de futuro, que se hacían en plural y de tono mayúsculo. Y al final no hay tinta para tanto. Todo se queda en un deseo que no cruzará la línea de salida. Interrumpido por ese destino trágico que nadie quería, que algunos tacharon de injusto y otros tan solo lloraron en cascadas.

Se fue. No hubo despedidas, no hubo tiempo. Sólo llanto, miseria, días grises y un millón de secuelas. Cicatrices bajo la piel, síntomas de una enfermedad que es incurable, noches de un silencio impertérrito que hasta duele, frío en las manos, minutos y horas que, sólo por pasar, son una falta de respeto. Siempre se dice que el cielo se viste de gris cuando alguien se va. Pero no hubo cielo para mí, porque me encerré en las cuatro paredes que consideraba nuestra casa. Paredes que pintamos un domingo, en chandal y descalzos. El piso empapelado y nosotros haciendo el amor en el suelo desnudo, y desnudos, y con trazos de pintura que eran las huellas de nuestros dedos traviesos. Paredes que ahora eran el eco de millones y montones de recuerdos. Y, como ya he dicho, se perdió la épica. Ahora sólo me venían pequeños retales, los más chiquitos e imperfectos. Retales como, por ejemplo, las partidas a la consola. Tardes tontas. Nuestras tardes tontas.
Que llegaras a casa tarareando las canciones que te susurraban los auriculares y llenaras sin querer la casa de música, que se mezcla con el olor de la comida que ya casi está lista, aunque da tiempo de echar uno rapidito. Que me dieras, sin venir a cuento, un beso en la mejilla. Que me hicieras cosquillas en la planta de los pies. Que me despertaras con un susto y te castigara tirándote el cojín con mala leche. Que durmieras tan profundamente que podía quedarme mirándote un rato hasta que abrías los ojos. Que hicieras esos ruiditos con la boca. Que siempre escogieras tú las películas, aunque a veces yo influyera en la decisión usando el sexo como chantaje. Que pensaras que este mundo había que cambiarlo y te sintieras impotente ante lo que está pasando, y me lo contaras bajito para que la revolución no te oyera quejarte. Que me escondieras un mechón tras la oreja y, aprovechando que tu mano estaba en mi nuca, me cogieras y me atrajeras hacia tí en un arrebato. Que tuviéramos sexo pasadas las dos de la noche. Que tuviéramos sexo después de comer, y antes, y en la ducha, y llegáramos tarde a la cena porque desvestirse cuando te vestías es contraproducente. Que no sólo me hicieras el amor, sino que me follaras también. Que alguna vez había llorado después de llegar al orgasmo. Me acuerdo más de eso que del acto en sí.

Que la épica no importa, que la grandilocuencia se olvida. Esos pequeños momentos, que entonces no parecen nada, ni siquiera son visibles a ojos del que los vive. Pero esos, esos son los que cuentan. No recordaremos las veces que hemos ido al teatro, pero sí los nervios de rozarse las manos cuando se apagaban las luces. No recordaremos las discusiones, pero sí que una vez me diste una colleja y te llamé idiota. No recordaremos las veces que hicimos el amor, porque son muchas, pero sí recordaré que nadie lo hacía como tú. No recordaremos casi nada, con el tiempo. La épica y su orquesta para las películas, que yo prefiero oír tu voz contándome de qué irá tu próximo libro o tus tarareos tontos que derivaban en conciertos a viva voz subidos al sofá. Pero creo que hay algo que dudo que jamas olvide y que, sin embargo, siempre pensé que era épico; el sonido de tu risa.

Barcelona.


Qué pequeña parece Barcelona cuando tú no estás. Grande a ojos del mundo, diminuta esperando una caricia tuya. Riega las calles con lluvia que es llanto, y cubre las Ramblas de nubes grises como si fueran un manto. Colón señala, te busca, pero no te encuentra. Qué pequeña parece Barcelona cuando decides que no vas a coger ese vuelo. Y se pone triste la Diagonal sabiendo que no te verá pasearla. Y el Paralel me pregunta si iremos al teatro, y me jode responderle. Qué grande parecía Barcelona cuando me decías que me echabas de menos, que en Nueva York hace mucho frío, y no hay callejuelas como las del Raval. Y me pedías paciencia, que en invierno nos veríamos. Qué pequeña se nos quedaba Barcelona cuando recorríamos de arriba a abajo sus calles, perdiéndonos por Gràcia y los Encantes, o cuando subimos al Parc Güell a hacernos fotos. Qué bonita se veía Barcelona desde los búnquers, reflejada en tus gafas de sol que te esconden los ojitos de traviesa, y desvían la mirada a tu sonrisa de ‘te acordarás de esta noche durante mucho tiempo’. Y qué pequeña se ve Barcelona desde mi ventana, sin tu espalda calentando tu lado del colchón. Qué fría y triste se pone nuestra Barcelona, y no hay quien la consuele. Le repito que lo prometiste, que bebiste de Canaletas. Y se calma un rato, pero luego pregunta incesante. No me quedan fuerzas para seguir esperando en el puerto, en aquel banco donde nos sentábamos a mirar a los guiris dando de comer a las gaviotas. Qué pequeña me parece Barcelona ahora que no está en tus labios. Decías que era la ciudad más bonita del mundo, que nada tenía que envidiarle a Nueva York. Qué bonita es Barcelona, decías, precisamente por ser pequeña a ojos del resto y grande en los tuyos.

13 diciembre 2013

Reinas.


Todos dicen ‘te quiero’ con la boca pequeña. Todos lo susurran después de un polvo o lo gritan cuando se lo dicta la cerveza. Todos se lo dicen al papel, todos lo visten de seda. Todos dicen ‘te quiero’ cuando hay detrás un objetivo. Es aquello del mucho prometer hasta meter. Pero una vez metido, adiós. No hay ‘te quieros’ que valgan, ni en susurros ni en tazas de café. No hay una nota, un acorde o un cepillo de dientes. Sólo una ventana abierta por la que se cuela el frío.

Eso es lo que buscan a toda costa. Les mueve el calor de la entrepierna y lo sacian a sabiendas de que ella se reitera que mañana no habrá feria. Pero ella no es tonta, y aunque se advierte, se libera. Que la vida son dos días y esa noche está para hacer el amor. Se censuran algunas. Es absurdo negarse al placer. Les han dicho que eso es lujuria, que mañana tienen que hacer la cama juntos. Las otras, sin embargo, deshacen la cama y la dejan deshecha, que esta noche cae otro. Y no son fáciles, que ya sé que alguno lo está pensando. Son libres. Que a veces nos pensamos que somos los reyes del mundo, pero esto no es más que un tablero de ajedrez; todo rey necesita una reina que le proteja. Y ellas no sólo reinan y dictan, sino que saben sanar las heridas. Cuidan peones y montan caballos. Guerreras y esclavas al mismo tiempo. Una lucha eterna por hacer oír su voz, que es más hermosa que la nuestra.
No le reproches que no quiera salir, ni que salga cada noche. No le digas eso de su falda, que bien que a tí te gusta que sea tan sugerente. Es su cuerpo, sólo suyo. Y aunque tengas permiso para lamerle la espalda y morderle el cuello, otro podría hacerlo también. Que aunque te creas invencible, ella se aparta y te come el alfil. Que la necesitas lo mismo que ella a tí. Así que no le niegues un ‘te quiero’, ni aunque sea con la boca pequeña.

Quizás no necesitan estas palabras y este texto sea lo contrario a lo que sus líneas quieren decir. No necesitan que las defienda por escrito, no necesitan que les diga de lo que son capaces. No necesitan que nadie les diga que son reinas, o tal vez sí. Porque a veces se sienten frágiles, porque también lo son. Que a los ángeles también les pesan las alas. Igual no requiere de un ‘te quiero’ y se conforma con un abrazo, o con que la dejes a solas. Dale su tiempo, su espacio, su minuto de gloria o lo que te pida. Y róbale el tiempo, el espacio, la gloria y la vida, que te lo está pidiendo. Dáselo todo sin que te lo pida, y resérvate el as para cuando no se lo espere. Sorpréndela cada día y hazla reír, pero déjala en paz un rato también. Llévala de aquí para allá y déjate llevar, que saben llevar las riendas mejor que nosotros, créeme. Y no te pienses que le estás concediendo. No eres tan importante, ni te lo ha pedido. No te creas que eres perfecto, porque ella te gana, y vosotras tampoco os subáis a la parra.
Ni él ni ella, ni tú ni tú, ni siquiera yo. Nadie. Nadie conoce el secreto. Nadie gana en este juego, porque aunque sean reinas que nos protegen, sin ellas también puede seguir la partida.

29 noviembre 2013

Nadie como tú.


“Nadie como tú”. Qué pereza me da cuando leo un título así. Otra canción de amor, pienso. Otra de muchas. De esas que sacan a relucir las virtudes y esconden los defectos debajo de la alfombra. Nadie como tú, que pintas el mundo de color, y todo es perfecto y maravilloso y único. Nadie como tú, nadie como tú. Qué pereza.

Que sí, que ya sabemos que no hay nadie como tú. Nadie que me cuide y me diga que me quiere y me estremezca y me haga el amor entre pétalos de rosa. Sí, todo eso ya me lo sé. Que te adora, que la adoras, y que ya suenan campanas de boda. Que no hay nadie que te entienda mejor, que te escuche y que te haga reír, ¿a que no? Si ya lo sé, ya. Pero tampoco hay nadie que te despierte por la mañana cuando estabas durmiendo profundamente. Quizás la cosa acaba en sexo mañanero, pero al principio la odias más que a ese rayo de sol que te da en toda la cara. Nadie como tú, que me despierte a las tantas de la madrugada sólo porque le apetece hablar, o que me llame en mitad de una reunión o de mi programa favorito. Nadie que me mande a la mierda cuando me pongo pesado, ni que me diga que tengo algo entre los dientes, ni que se ría de mí porque voy despeinado. Qué capulla.
Nadie que me robe las zapatillas de estar por casa y yo tenga que ir descalzo durante el invierno. Nadie como tú, que pronuncie tan mal el inglés o que no sepa cocinar ni una tortilla. Nadie que se pase el día corrigiéndome o que se indigne tontamente al ver faltas ortográficas en las cajas de cereales. Nadie que se acabe el papel higiénico y que no lo reponga, para que luego te encuentres apurado y te cagues en muchos sentidos. Nadie como tú, que canta fatal, en la ducha y mientras barre. Eso sí, en el SingStar lo petas. Nadie como tú que se ría de los viejecitos de la calle y de los niños que se caen en el parque. Nadie con tan poca vergüenza que grita en una iglesia y escupe desde la azotea. Nadie como tú, que te niegas a ponerte zapatos de tacón, ‘que me da igual que la novia sea tu hermana’. Nadie tan cabezota y testaruda.
Nadie con los dientes así de torcidos o con los dedos de los pies tan feos. Nadie como tú, que siempre te dejas la luz del pasillo encendida, y mira que te lo he repetido. Nadie como tú, que no te acuerdas de nuestro aniversario, ni el día que nos conocimos, ni dónde fue nuestra primera cita. Pero que luego te acuerdas de lo que vestían en todas las galas de Operación Triunfo. Eres rara de cojones. Nadie como tú, que me de más collejas que cosquillas, que se coma el último Ferrero Rocher a escondidas, que era mío, o la última gelatina sin compartirla. Nadie que coma tanto chocolate a deshoras y se eche ketchup en tantas comidas, a cada cual más asquerosa. Nadie que pronuncie tan mal la palabra ‘ketchup’, por cierto.
Nadie como tú, que dices que estás estudiando cuando estás en el Facebook. Nadie como tú, que me mientes cuando me dices que has llegado al orgasmo, o que me vienes con eso de que te duele la cabeza. Venga, va, que no te lo crees ni tú. Nadie que me toque tanto la moral cuando defiende sus posturas, nadie que hable peor de la música que me gusta. Nadie como tú, que te ríes sin pudor del comportamiento de mis padres, y encima vas y me contagias. Nadie que odie tanto los niños, que será una madre nefasta pero una madre al fin y al cabo. Nadie que soporte tus películas de domingo por la tarde, ni el olor de esa colonia que te pones que venía de regalo con una revista. Nadie como tú, que eres tan pesada que estás aquí incluso cuando no te necesito, incluso cuando necesito concentrarme y tú me mordisqueas la oreja. Nadie como tú, que me pida que me salte clase para echar un polvo en tu casa, que tu madre ya se ha ido. Nadie como tú, que le cuentas a tus amigas que soy más tonto que un zapato, pero que en el fondo me quieres. Nadie que sonría de esa manera, que para una canción sería precioso pero a mí me pone de los nervios. Nadie que bese con tan pocas ganas a veces, y tanta energía otras, o que no me bese para dejarme con las ganas. Esto todavía no se si lo odio o si me encanta.

Lo dicho, no hay nadie como tú, por suerte. Que con una ya tengo bastante, y me sobro y me basto, pero nunca te acabas. Nadie como tú, que me haces escuchar canciones que se titulan ‘Nadie como tú’. Nadie como tú, nadie como tú. Qué pereza, y qué bien suena.