"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

15 julio 2015

Gotas de lluvia.


Llueve. Llueve en exceso, como si el cielo quisiera mostrarse altivo. Nubes grises sobre fondo gris, y asfalto mojado. Bochorno y moscas alrededor de una farola, que se funde al instante. Es la única de la calle que se apaga. Insolente, imperfecta, atrevida.
Unos pasos lejanos que se arrastran. Botas besando charcos. Un carraspeo; hombre de avanzada edad, barba descuidada aunque no muy larga, pero sí canosa. Manos ásperas y grandes, curtidas a base de bricolaje en la casa de campo y ennegrecidas por el taller. La palma más tostada que el reverso. Olor a alquitrán que nunca se va, por más que su mujer le lave la ropa.
El carraspeo se torna en tos; resfriado inminente. Dos días de cama y sopa caliente para cenar. Caldo bebido, sin fideos. Crema mentolada en el pecho para respirar mejor. Pero seguirá roncando. La banda sonora nocturna de una vida monótona de una compañera de colchón de ojos gastados de mirarlo a la cara guardando pensamientos de fuga, de vidas insólitas vividas en sueños que cierran su telón al abrir los párpados.
A la tos le prosigue un suspiro. Resignación, rutina, tal vez cansancio. Los pasos se detienen frente a la farola rebelde. Una mirada hacia arriba. Gotas en la frente, las mejillas, el mentón. Los ojos achinados y la boca entreabierta en un gesto involuntario. Gotas de lluvia en los labios. Agua caliente. Un nuevo suspiro.
Se lleva las manos al cinto y extrae su herramienta de trabajo; metálica con óxido en los sobresalientes, huellas de años dedicados al mismo oficio. Acciona el aparato presionando con el pulgar en el extremo, como en el mecanismo de un bolígrafo, y se ilumina el extremo contrario. Aparece un halo luminoso, circular, que levita sobre el artilugio como sujeto por un hilo invisible. Amarillo y titilador.

- Bueno, pequeño. Bienvenido a tu celda. – la voz grave del hombre dicha para sí.

Coloca la mano con la palma hacia arriba haciendo una forma cóncava, acerca el artilugio y deja de presionar con el pulgar. La bola de luz cae sobre la palma, silenciosa, como si nada hubiese ocurrido. Centellea ligeramente. El hombre cierra el puño y la luz deja de verse. Guarda su herramienta a ciegas, aunque es algo que hace de manera mecánica. Rutina, cansancio. El agua sigue cayendo sobre su mano, su nuca. Su silueta solitaria bajo la única farola sin luz.

Entonces, da un respingo. Un ligero pinchazo en la palma, una quemadura leve. Murmura algo mientras abre el puño. Durante unos instantes, observa cómo la bola pasa de color rojo a amarillo. Un destello fugaz. Frunce el ceño y centra su atención en el halo luminoso, que centellea con irregularidad. En uno de los parpadeos, cambia otra vez de color. Verde. La palma de la mano se cubre de tierra negra, que empieza a mojarse por acción de la lluvia. Las dudas empiezan a amontonarse en la mirada del hombre. El hombre vuelca su mano y la tierra cae, pero no la luz. Pasa de tierra a arena, y ésta cada vez es más fina, hasta desaparecer antes de tocar el asfalto. De entre las dudas asoma un brillo de fascinación.
Otro parpadeo, otro color. Azul. Y la fascinación gana terreno, y viaja de sus ojos a sus labios, que sonríen ligeramente. El color tostado de su mano palidece y luego vira hacia el azul. Su mano se cubre de una fina capa de escarcha. Frío. Se agrieta. El hombre agita su mano, asustado. La bola, como si hubiese perdido su ligereza, cae al suelo como una piedra. Suena como si estuviese echa de cristal. Rueda un poco y se detiene junto al pie del hombre, que se masajea la mano y se frota las palmas para recuperar el calor. Da un paso atrás y observa la luz. La fascinación da paso a la incertidumbre, que siempre viene acompañada de miedo. Observa a su alrededor. La calle está desierta y a lo lejos tan solo se recortan las gotas de lluvia iluminadas por las farolas.
Para cuando su mirada vuelve a la luz, ésta ya es de un morado intenso. Ya no centellea. Brilla con fuerza, sin parpadeo alguno. Cada vez es más intensa, cada vez es más cegadora. Un pitido muy agudo nace de ella, leve en un principio pero en crescendo. El hombre intenta dar un paso pero el miedo lo paraliza. Mira a un lado, al otro. Nadie. Nada.
El pitido crece exponencialmente, al igual que la intensidad y el tamaño del haz luminoso. Es como un sol diminuto estallando, como si acumulara tanta energía que no fuese capaz de contenerla. Y cuando el pitido alcanza su máximo, el mundo enmudece. La explosión es silenciosa y contenida, pero la honda expansiva lanza al hombre varios metros hacia atrás. Su espalda cruje contra el asfalto.
Gotas de lluvia sobre su cuerpo. Gotas sobre su frente, sus labios, sus ojos abiertos. Gotas sobre sus huesos rotos. Gotas de lluvia y sangre que se mezclan en un charco. Ya no habrá carraspeos ni suspiros, ni caldo caliente para el resfriado. No habrá resfriado, ni enfermedad, ni sufrimiento. Habrá llanto para la compañera de colchón, y quizás vidas insólitas a partir de ahora.


El haz de luz vuelve a su estado original. Amarillo y titilador. Y desaparece en un parpadeo.

05 julio 2015

Dame una tontería.


Dame una tontería de las tuyas. Dame la espalda que te tocaré el culo. Dame tu risa, dame tu brisa. Dame alcohol y dame vida. Dame tus noches en vela y apaga esa vela. Dame una bofetada por cada línea que mal escriba. Dame un momento de lucidez o dame una locura desenfrenada. Si te pido un consejo, no me des uno cualquiera, y si me das tu mano permíteme que la rechace. Déjame que vaya por libre, que sabes que me gusta. Si no te pido nada es porque quiero que me lo des todo, necesito que me lo des todo. Que me des el cariño que guardabas para otros amantes, el abrazo sincero de una despedida, el amargo silencio de la ruptura. Quiero que me des calor si tengo frío en los pies, que me des amor si mi mundo se pone del revés. Quiero que me des abrigo en las noches y despiertes conmigo. Dame tu buena fortuna, tu mala conducta, tu mirada al cielo. Dame un segundo que contenga el mundo y dame un futuro que sepa a contigo. Aráñame las ganas de tenerte y pellízcame un recuerdo que se sonroje al verte. Disfraza tu tristeza de un carnaval florecido y desnuda tus alegrías para que bailen al sol. Dame una plaza y la música, dame verbenas de luna llena. Dame una calada larga y profunda que vacíe mis pulmones y mis temores, y dame un respiro si lo necesito.

Dame todo aquello que no quieras, quiéreme con todo. Dame tu vida y toma la mía. Dame un beso.


Réplica
Sabias palabras las de tus dedos, que repiquetean sin cesar el teclado para dar vida a mis oídos, sordos desde hacía tiempo. Adiós al reloj, a las horas en vela, con vela o sin ella. Y un tímido hola que se asoma, que presiente lo que viene y que disfruta con ello.

02 abril 2015

Esta noche, estas palabras.


La escritura es el espejo donde se mira tu parte más oscura. Es el reflejo de lo oculto, el velo transparente que no tapa tus vergüenzas, sino que las exhibe. Es el altavoz de tus lamentos, el eco de tus penas, el cajón de lo políticamente incorrecto. Escritura es un grito desgarrador de tus dedos indignados, de tus ojos envidiosos, de tus labios rotos y tu corazón manchado. Escritura es la viva imagen de tu inmundicia, las decepciones que te conforman, tu malicia hecha palabras. Escritura son tus desquiciantes mentiras, tus despreciables deseos, tus infinitas manías.

Pero la escritura también es tu mejor amiga. Una psicóloga que sabe por donde pillarte, una madre que sabe escucharte. La escritura abre su corazón a cualquiera que lo necesite y alquila su cama para esas noches de inspiración creciente. Y cuando mengua la luna, la escritura se queda un rato más. Es la mejor compañía, la mejor medicina. La escritura es un río de aguas bravías que te refresca la sonrisa y te arrastra hasta la orilla esos buenos recuerdos que creías olvidados. Es un saco de palabras gentiles, una copa de alivio para la vida cansada, un arma cargada contra la rutina. La escritura es el ladrido de tus triunfos y el aplauso de tus esfuerzos. Es la música de tu risa, la voz de tus caprichos merecidos. Es la cómplice que nunca te dejará tirado.


Escritura es la que aparece cuando más la necesitabas. Escritura es ahora, este momento que ya ha pasado. Esta noche, estas palabras. Magia.