"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

01 septiembre 2015

CAPULLO (7 letras) | Capítulo 1


Todas las noches hacía lo mismo; se sentaba en el alféizar de la ventana, se fumaba un cigarrillo a la luz de la luna, se dejaba invadir por la nostalgia y se preguntaba a sí mismo arrugando el rostro: ¿cómo es posible que Tarzán siempre fuera afeitado si vivía en la jungla?

Una de las cosas que más odiaba era afeitarse. Por las mañanas ni hablar, porque tendría que levantarse dos horas antes. Y por la noche tampoco, porque… ¿para qué retrasar el momento de meterse en la cama sólo por pasarse una cuchilla por el cuello? Pues claro, visto así.
Por eso se afeitaba por la tarde. Después de comer, normalmente. Y no cada día, ni mucho menos. Solamente se pasaba la cuchilla cuando su barba parecía un estropajo. Mientras tanto, convivía con sus pelos, soportando el sudor que se acumula en el bigote durante el verano y alegando que estaba de moda lo de llevar barba cada vez que le preguntaban. Era un capullo de campeonato.

Y no lo digo sólo por lo de la barba. Qué va. Era un capullo porque lo era. Yo lo sé bien. Lo conocí hace muchos años. Muchos. Muchos muchos. Bueno, tampoco tantos, a ver si os vais a pensar que soy un viejo. No lo soy. No del todo. Depende de lo que consideres ser un viejo.
Si eres de esos que creen que si a los treinta no tienes hijos ni pareja estable ni casa se te ha pasado el arroz, eres un mal cocinero. Y un capullo también. Qué manía con juzgar a la gente. Si estoy soltero es porque quiero. Soy exigente. Si no tengo hijos es porque estoy soltero y no me apetece adoptar. No, gracias. Y si vivo con mis padres es porque… Porque soy un capullo.
Pero ése es otro tema. Lo que quería decirte es que, como bien habrás intuido, tengo más de treinta. Pero menos de cuarenta eh, ojo. Que a mí no se me cae el pelo, ni me duelen las rodillas al levantarme del sofá, ni tengo que mear en una palangana, ni echo pan a las palomas en el parque. Aunque, es una lástima, porque lo de las palomas me encantaría. Adoro esos animales. Grises y con ojos de locura, que vuelan atolondradamente y que planean en secreto cómo dominar el mundo. Son unas capullas, por eso me encantan. De ahí que, si por mí fuera, les echaría pan cada día. Pero claro, tengo que vivir en una sociedad encorsetada, encarpetada y encrucigramada. Esto último no existe pero tengo la teoría de que todo el mundo hace crucigramas a escondidas porque creen que está mal visto pero ellos se lo pasan bien con su placer oculto y prohibido. Vamos, que yo hago crucigramas, sí, y me creo que todo el mundo lo hace pero no lo dice, como yo. Y que vivo en una sociedad que impone unas normas absurdas y unos prejuicios que nunca me permitirán dar de comer a las palomas hasta que cumpla los sesenta y pico. Hay que joderse.

Otra cosa que me jode es la corrección. Que me digan lo que tengo que hacer y cómo hacerlo. Que me corrijan los errores ortográficos con bolígrafo rojo y que me regañen por decir una palabrota. ¿Sabéis lo que le digo a esa gente? Que se meta los bolígrafos rojos por… por donde les quepa. Sí, esa gente es mi jefe, y como no me da la gana perder mi empleo, pues me callo. Soy un capullo, ya lo sé.

Así que ya somos dos capullos; el de la barba y el de los crucigramas. Vaya dos, eh. Os han tocado los protagonistas malos, los que nadie quería para su relato. Es una putada, sí, pero es lo que hay. Si no te gusta siempre puedes hacer como yo cuando salgo del despacho de mi jefe; me encierro en el baño y suelto todos los tacos que se me vienen a la cabeza. Algunos me los invento y todo. Soy muy creativo con las palabrotas, y me jode que eso no se valore. Tendría que haber más palabrotas. Así, en general. Y en los crucigramas también.

De todos modos, todo esto de las palabrotas, de afeitarse y de echar pan a las palomas es una introducción. Es un primer acto capullo, como nosotros. Pero espérate, que ahora viene lo mejor; estos capullos están a punto de liarla. Mucho. Demasiado. No sé cómo acabará la cosa, pero estamos decididos a hacerlo.

Vamos a cargarnos al capullo de mi jefe.

30 agosto 2015

Hacer un Stevie.


Hola. Verás, es que me ha dado por recordar tu risa. La de los domingos, ésa. O la de cuando te despiertas por la mañana. Ésa también me gusta mucho. Estaba aquí haciendo nada –como siempre– y he pensado en ti. En tus pies, que son bonitos. En tus cosquillas, que se esconden. En las cosquillas en las plantas de tus pies. Esas cosquillas. Y las del estómago, las de verte salir por el portal.

¿Sabes la canción de Stevie Wonder? Pues eso. Sólo escribo para decirte que he sonreído al recordar la cena de ayer, y el desayuno de hoy. Lo de en medio lo tengo todo un poco borroso. No sé si lo soñé o si fue cierto. Ojalá que fuera cierto. Y aunque ahora esté sonando James Blunt –un lacrimógeno donde los haya–, estoy feliz. Feliz en mi nostalgia.

Solamente quería decirte que sigas siendo así, como tú eres, como te veo, como te muestras ante mí. Que sigas siendo tú, con tu nombre y apellido. Con tus tonterías, con tus aciertos, con tus momentos malos y los no tan malos. Con tus instantes de locura, con tus abrazos de minuto y pico. Que sigas pasándote por aquí, por mi casa y mi recuerdo.
Quería comentarte que hoy estoy vivo. Sí, vivo, no sé. Vivo porque sé lo que es el amor. Pero el de verdad, no el que te da cuatro retortijones en la boca del estómago, te deja sin un par de cenas y se marcha. El del filtro rosa no. Yo me refiero a lo nuestro, al esfuerzo de mantenerlo, a la satisfacción de saltar de la mano cada piedra. El amor del día a día, de los cajones revueltos, de un beso breve mientras cocinas. El amor de aprovechar estos minutos, el de los silencios en los ojos. El de las lágrimas, también. El amor que se construye, que es frágil y robusto a la vez. El amor que a veces no tiene nombre, ni fecha. Que a veces está irreconocible, despeinado. Pero que sigue siendo nuestro, que para algo lo estamos cuidando.

Pues eso. Que sólo quería hacer un Stevie Wonder. Porque te diría que te quiero pero me estaría repitiendo como el ajo. Y sé que no te gusta. El ajo, no lo de repetirme. Eso lo toleras bien. Nada más por ahora.
Ah, y las gracias, que no falten.

Te mando besos, uno por mejilla, y un abrazo, largo de ternura pero corto de azúcar.

25 agosto 2015

No es culpa de nadie.


No es culpa de nadie.

Nadie tiene la culpa de tus torpezas, de tus errores.

Nadie tuerce tu rumbo a propósito, nadie pone las piedras en tu camino. No hay un dios ahí arriba lloviéndote. No hay un dios que se escriba con MAYÚSCULAS, ni con minúsculas.
No hay dios, dicho sea de paso.

No es culpa de nadie, pero tú te empeñas en clamar al cielo tus miserias, en señalar hacia arriba, dedo índice amenazador, puntiagudo como una flecha, dardo envenenado, palabras sucias. Se te ha metido en la cabeza que alguien, allí arriba o abajo o donde sea, te está puteando con ganas.
Nadie, pequeña.
No hay nadie.

Nadie es culpable de tus insomnios, de tus resfriados por bañarte desnuda en la playa, de noche, luz de luna.

Que no es culpa de nadie que se te olvide la hora de comer por estar echando un polvo, el segundo de esta mañana, y ahí viene otro.

Que no es culpa de nadie que tus pecados se escriban en negrita, cursiva,
sangrado, y no los taches porque seguirán ahí.

Que no es culpa de nadie que te rías de los viejos, que te comportes como una cría, que te comas la cabeza como una adolescentes, después de cenar, y a tu cuarto a llorar, almohada cómplice y barreño de mil lágrimas sin nombre.

Que nadie tiene la culpa de que los gatos no te quieran, que te huyan, adiós.
Adiós.

Que no es culpa de nadie que te duelan las rodillas, y la espalda, y la vida.
Que te pesen los párpados y te emborraches a versos de madrugada, que te los bebas de un trago y no los entiendas, y los vomites después, a la cara de un barbudo que te mira las tetas, que los hagas tuyos, mentirosa.

Que no es culpa de nadie que tus días se cuenten en resacas, que tus amaneceres sean más grises que rojos, más azules tus mejillas que tus ojos, más morada no puedes ir, princesa.

Que no es culpa de nadie que ese saxo te vuelva loca, que te pida que bailes, que lo hagas, que te miren, que las luces te den cachetadas en el culo, los flashes, el neón, el invierno afuera.

Que no es culpa de nadie que haya saliva en tu sujetador, billetes en tu tanga, semen en el bajo del pantalón, aquella noche fue fallida.

Que no es culpa de nadie que las calles se sepan tus lunares, tus manías, tus muletillas, tus siempre bien metidas palabrotas, joder, hostia puta.

Que no es culpa de nadie que no te enteres de la misa la mitad, porque nunca has pisado una iglesia, porque no tienes intención de hacerlo, porque te cagas en dios, sin MAYÚSCULAS, sin minúsculas.

Que no es culpa de nadie que susurres socorro en silencio sabiendo siempre su sincera respuesta. Te ensordece, ¿verdaz?

Que no es culpa de nadie que se te peguen las sábanas, y los tíos, y los años.

Que no es culpa de nadie que una ducha no te haga efecto, ni un verso de más esta noche, ni una sonrisa en el espejo.

Que no es culpa de nadie que tu vida sea digna de un libro, que empieza quizás por estas líneas, que nunca leerás, porque no te da la gana.

Que no es culpa de nadie, pequeña. Ni con MAYÚSCULAS ni sin minúsculas. Ni negritas, ni cursivas, ni tachadas.

Es culpa tuya, joder, hostia puta.



Es culpa tuya.