"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

18 septiembre 2014

Tu boca, mis dedos.


No aparto la vista de la pantalla, a ver si hace doble check el mensaje y me lo pierdo por no estar mirando. Marwan me acompaña en la espera y me recuerda esa estrofa que canturreabas el domingo mientras te ponías la falda. Fue nuestro último encuentro, y aunque hace sólo un par de días, tengo la leve sensación de estar echándote de menos. No lo sé, tampoco puedo asegurarlo. Pero si estoy aquí esperando con impaciencia a que te llegue el mensaje será por algo. Porque sé que te vas a reír. Bueno, quizás exagero, como siempre, y por eso añado el ‘quizás’, para parecer prudente cuando claramente no lo soy.

Sonreirás. Estoy casi seguro. Porque sé que estas cosas te hacen gracia. Aunque imagino que a todas. Supongo que a eso se refieren con lo del sacrificio, lo de que sarna con gusto, no pica. Por eso no me cuesta nada sorprenderte. Y más con algo tan sencillo como mandarte un mensaje cuando no lo esperas. Y es un ejemplo muy tonto, lo sé, pero es el que tengo más a mano. Pero vamos, que me valdría lo de anoche, por teléfono. O lo del domingo, da lo mismo. Si te paras a pensar y miras hacia atrás, verás que cada día tiene algo nuestro, algo de un nosotros que se diluye y se aísla con el entorno, según el momento.
Mira hacia atrás y cuenta las sonrisas… Salen unas cuantas, ¿eh? No está mal… ¿Y las lágrimas? Alguna hay también, claro. Pero vamos, que se puede llorar de alegría pero no sonreír de tristeza, así que el recuento no es fiable. Y puestos a ser imprecisos, mira ahora hacia adelante y cuenta sonrisas otra vez. No sé tú, pero yo veo unas cuantas más…

Al final (o al principio) todo son momentos. Grandes o pequeños, trascendentes o inútiles, lógicos o absurdos, o absurdamente lógicos. Momentos de entenderse sin soltar palabra, o hablar para comunicarnos y perder la conexión con el resto del mundo. Momentos de levantarle el velo a la nostalgia y besarla en la boca mientras llueve arroz. Momentos de recordar lo que está por vivir e imaginar lo vivido. Momentos de una vejez prematura que cuida de unos críos a un paso de dejar de serlo. Momentos que caben en una coma y momentos que se tragan páginas y páginas. Momentos que caben en una cama y que se tragan noches y noches de soledad. Momentos que me piden tu boca y momentos que escriben mis dedos. Momentos que se pierden a buen resguardo y momentos que se guardan en ninguna parte.
Momentos como éste, que me devuelves al inicio con tu respuesta a mi mensaje con un emoticono sonriente. Nada más. Y es esa nada la que configura mi todo. Es esa nada la que me alegra los días y la que me pincha para que corra la tinta, Esa nada de momentos que, de una manera todavía hoy inexplicable, (aunque por ello maravillosamente mágica), hacen que se mezclen mis dos amores. Sin quererlo, me obligas a escribir, y con ello me haces feliz; en el hecho y en la consecuencia. En el momento y en el después, y el ahora, y el siempre.

Porque sé que estas cosas te hacen gracia, y a mí me dan la vida.

16 marzo 2014

No todos los días de verano son verbena.


No todos los días de verano son verbena. Los hay que el calor es tan insoportable que se te derriten las neuronas, y por más que quieras escribir, te salen textos como éste. Te sientas en la terraza acompañado de una Coca-cola bien fresca y las plantas de tus pies se calientan contra el suelo. Es como un caminar por las brasas prolongado, una sensación de sufrimiento perversamente agradable. Es la tortura del que no tiene más entretenimiento. Y los dedos garabatean cualquier idea que flota en el aire, un aire que, por cierto, se está derritiendo del calor. Miras a lo lejos y ves esas ondas prácticamente invisibles que difuminan el paisaje, y te crees en el desierto. Es una especie de aventura eso de sentarse a contemplar.
Y entonces coges el gorro de paja y lo inclinas un poco, lo suficiente para que la sombra alcance tus ojos. Otro placer momentáneo. El torso desnudo, los tejanos cortos, remangados. Y el respaldo de mimbre que ya te está tatuando sus huellas en la espalda. Con titánico esfuerzo, coges la lata chorreante y das un trago. Y lo que te refresca por dentro también lo hace por fuera, y te renuevas a instantes con esa lujuria líquida.

Unos pasos sordos interrumpen el sueñecito bueno de la terraza. Unos pasos leves, casi felinos. Son sus pies descalzos, que ya buscan los tuyos. Y sus manos descienden como cascadas por tu pecho y tu ombligo y más allá. Y su mejilla izquierda queda contra tu derecha, y se te arruga el sombrero, y se te arruga la cara. Un susurro que es un saludo. Una broma absurda por tu parte y una risa que es su respuesta. Y al apartarse, su melena te roza los hombros y la nuca, y te provoca un escalofrío que te lleva al polo norte en un abrir y cerrar de ojos.

Y ya no está. Se ha ido para dentro. La buscas, todavía descalzo. Las baldosas están frías y tus pies lo agradecen. Miras a un lado y a otro, se esconde. Puedes olerla. Y la encuentras en la cocina, a oscuras. Entra un rayo de sol discreto por el tragaluz, que le da por la espalda. Una luz impertinente que la quiere hacer suya tanto como tú al ver su mirada. Te está pidiendo guerra y se muerde el labio para que no se le escapen las ganas. Tú sonríes dándote por aludido. No te lo piensas ni una, ni dos, ni tres veces. Es el instinto quien actúa por tí. Y ella, que ahora va de racional, te detiene a pocos centímetros de sus labios. Es uno de sus juegos macabros, en los que ella pone las reglas y tú tienes que adivinarlas. Entonces alarga el brazo y abre la nevera. Extrae otra lata, te rodea con sus brazos y, efectivamente, todo el frío acaba en tu espalda. Te retuerces pero ella no te suelta. Sonríe. Y tú te cagas en todo. Pero sonríes también, no te queda otra.
Y con los brazos todavía envolviéndote, comienza a contonearse, a soltar los cabos que sustentan sus caderas, que se empiezan a mover de un lado a otro con un movimiento hipnótico. Y bailáis a la luz del frigorífico, combatiendo de la mejor manera el calor sofocante del verano.

Porque no todos los días del verano son verbena. Pero sí hay verbenas que merecen todo un verano.

02 febrero 2014

Barcelona.


Qué pequeña parece Barcelona cuando tú no estás. Grande a ojos del mundo, diminuta esperando una caricia tuya. Riega las calles con lluvia que es llanto, y cubre las Ramblas de nubes grises como si fueran un manto. Colón señala, te busca, pero no te encuentra. Qué pequeña parece Barcelona cuando decides que no vas a coger ese vuelo. Y se pone triste la Diagonal sabiendo que no te verá pasearla. Y el Paralel me pregunta si iremos al teatro, y me jode responderle. Qué grande parecía Barcelona cuando me decías que me echabas de menos, que en Nueva York hace mucho frío, y no hay callejuelas como las del Raval. Y me pedías paciencia, que en invierno nos veríamos. Qué pequeña se nos quedaba Barcelona cuando recorríamos de arriba a abajo sus calles, perdiéndonos por Gràcia y los Encantes, o cuando subimos al Parc Güell a hacernos fotos. Qué bonita se veía Barcelona desde los búnquers, reflejada en tus gafas de sol que te esconden los ojitos de traviesa, y desvían la mirada a tu sonrisa de ‘te acordarás de esta noche durante mucho tiempo’. Y qué pequeña se ve Barcelona desde mi ventana, sin tu espalda calentando tu lado del colchón. Qué fría y triste se pone nuestra Barcelona, y no hay quien la consuele. Le repito que lo prometiste, que bebiste de Canaletas. Y se calma un rato, pero luego pregunta incesante. No me quedan fuerzas para seguir esperando en el puerto, en aquel banco donde nos sentábamos a mirar a los guiris dando de comer a las gaviotas. Qué pequeña me parece Barcelona ahora que no está en tus labios. Decías que era la ciudad más bonita del mundo, que nada tenía que envidiarle a Nueva York. Qué bonita es Barcelona, decías, precisamente por ser pequeña a ojos del resto y grande en los tuyos.