"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

04 diciembre 2014

Presencias presentes.


A veces, cuando estás solo en casa, sientes presencias. Presencias no identificables, casi indescriptibles. Son el reducto de una sensación pasajera, una especie de atmósfera espesa. Pero no de esas que se cortan con cuchillo. Una atmósfera más cercana al cuento de tinieblas, a la niebla baja, a los cristales empañados. Una atmósfera terrosa y gélida, que vuelve lo conocido en inhóspito, lo estable en caos oscuro. Sientes cómo la habitación, sea grande o pequeña, se reduce a centímetros, se apaga y se esconde en sí misma.
Das media vuelta en un movimiento brusco, crees que hay alguien detrás. Y quizás esté. Tal vez se haya sentado en esa silla vacía y esté mirándote escribir, o tal vez repta por el suelo bajo la mesa cerca de tus pies descalzos y desplaza el aire a su paso, que te roza las piernas. Y te asustas, claro. Quizás esa presencia que sientes amenazadora tiene las fauces abiertas o las garras afiladas, o quizás no. No sabes si está ahí. No estás seguro de que ese aliento invisible e insensible te esté acariciando la nuca realmente. Si ese crujido es intrínseco a la casa o si es provocado por algo o alguien o quién sabe qué. La única manera de saberlo es girar la cabeza. Hazlo, si te atreves.

Y yo me pregunto; ¿por qué sentir esas presencias como algo amenazador? ¿Por qué temerlas sólo por desconocer su origen o su forma o su condición? Quizás sí lo sean, espíritus vueltos del más allá, fantasmas de una vida anterior. Presencias de aquellos que ya no están pero estuvieron, muy cerca. Tan cerca como puedes sentirlos ahora. ¿Por qué creer que quieren hacerte daño? No lo hicieron entonces, no tendrían porqué hacerlo ahora. Tal vez ellos, que han conocido lo que hay después, saben cuál es nuestra gran asignatura pendiente. Ellos, que son capaces de vernos con distancia y varias perspectivas, saben que lo único que el ser humano no ha sido capaz de derrotar es la soledad.
Ellos, que sufrieron en sus carnes, cuando las tenían, el frío de un abrazo que nunca dieron, la huella imaginaria de un beso en la nuca con escalofrío, el dolor de esa silla vacía o el anhelo de una caricia por debajo de la mesa. Ellos, que eran tan alérgicos como tú al polvo que acumula el otro lado de la cama, el polvo de los cajones de recuerdos no vividos o el polvo de una noche en el sofá que se consumió antes de entrar por la puerta.
Puede que ellos, que saben lo duro que es sentirse solo, vuelvan no para asustarnos, sino para hacernos compañía. Y los sentimos como amenazas y auguramos un mal presagio. Quizás deberíamos aprender a cerrar los ojos para ver quién nos acompaña desde esa silla, o a rozar con los dedos de los pies ese saludo incorpóreo, o a recibir el beso en la nuca, con o sin colmillos.

No pueden traernos nada más de allí fuera, ni siquiera pueden traerse a sí mismos. Pero lo único que nos traen es aquello que más ansiamos sin saberlo; la buena cura de la más mala enfermedad. Su compañía contra nuestra soledad.

18 septiembre 2014

Tu boca, mis dedos.


No aparto la vista de la pantalla, a ver si hace doble check el mensaje y me lo pierdo por no estar mirando. Marwan me acompaña en la espera y me recuerda esa estrofa que canturreabas el domingo mientras te ponías la falda. Fue nuestro último encuentro, y aunque hace sólo un par de días, tengo la leve sensación de estar echándote de menos. No lo sé, tampoco puedo asegurarlo. Pero si estoy aquí esperando con impaciencia a que te llegue el mensaje será por algo. Porque sé que te vas a reír. Bueno, quizás exagero, como siempre, y por eso añado el ‘quizás’, para parecer prudente cuando claramente no lo soy.

Sonreirás. Estoy casi seguro. Porque sé que estas cosas te hacen gracia. Aunque imagino que a todas. Supongo que a eso se refieren con lo del sacrificio, lo de que sarna con gusto, no pica. Por eso no me cuesta nada sorprenderte. Y más con algo tan sencillo como mandarte un mensaje cuando no lo esperas. Y es un ejemplo muy tonto, lo sé, pero es el que tengo más a mano. Pero vamos, que me valdría lo de anoche, por teléfono. O lo del domingo, da lo mismo. Si te paras a pensar y miras hacia atrás, verás que cada día tiene algo nuestro, algo de un nosotros que se diluye y se aísla con el entorno, según el momento.
Mira hacia atrás y cuenta las sonrisas… Salen unas cuantas, ¿eh? No está mal… ¿Y las lágrimas? Alguna hay también, claro. Pero vamos, que se puede llorar de alegría pero no sonreír de tristeza, así que el recuento no es fiable. Y puestos a ser imprecisos, mira ahora hacia adelante y cuenta sonrisas otra vez. No sé tú, pero yo veo unas cuantas más…

Al final (o al principio) todo son momentos. Grandes o pequeños, trascendentes o inútiles, lógicos o absurdos, o absurdamente lógicos. Momentos de entenderse sin soltar palabra, o hablar para comunicarnos y perder la conexión con el resto del mundo. Momentos de levantarle el velo a la nostalgia y besarla en la boca mientras llueve arroz. Momentos de recordar lo que está por vivir e imaginar lo vivido. Momentos de una vejez prematura que cuida de unos críos a un paso de dejar de serlo. Momentos que caben en una coma y momentos que se tragan páginas y páginas. Momentos que caben en una cama y que se tragan noches y noches de soledad. Momentos que me piden tu boca y momentos que escriben mis dedos. Momentos que se pierden a buen resguardo y momentos que se guardan en ninguna parte.
Momentos como éste, que me devuelves al inicio con tu respuesta a mi mensaje con un emoticono sonriente. Nada más. Y es esa nada la que configura mi todo. Es esa nada la que me alegra los días y la que me pincha para que corra la tinta, Esa nada de momentos que, de una manera todavía hoy inexplicable, (aunque por ello maravillosamente mágica), hacen que se mezclen mis dos amores. Sin quererlo, me obligas a escribir, y con ello me haces feliz; en el hecho y en la consecuencia. En el momento y en el después, y el ahora, y el siempre.

Porque sé que estas cosas te hacen gracia, y a mí me dan la vida.

16 marzo 2014

No todos los días de verano son verbena.


No todos los días de verano son verbena. Los hay que el calor es tan insoportable que se te derriten las neuronas, y por más que quieras escribir, te salen textos como éste. Te sientas en la terraza acompañado de una Coca-cola bien fresca y las plantas de tus pies se calientan contra el suelo. Es como un caminar por las brasas prolongado, una sensación de sufrimiento perversamente agradable. Es la tortura del que no tiene más entretenimiento. Y los dedos garabatean cualquier idea que flota en el aire, un aire que, por cierto, se está derritiendo del calor. Miras a lo lejos y ves esas ondas prácticamente invisibles que difuminan el paisaje, y te crees en el desierto. Es una especie de aventura eso de sentarse a contemplar.
Y entonces coges el gorro de paja y lo inclinas un poco, lo suficiente para que la sombra alcance tus ojos. Otro placer momentáneo. El torso desnudo, los tejanos cortos, remangados. Y el respaldo de mimbre que ya te está tatuando sus huellas en la espalda. Con titánico esfuerzo, coges la lata chorreante y das un trago. Y lo que te refresca por dentro también lo hace por fuera, y te renuevas a instantes con esa lujuria líquida.

Unos pasos sordos interrumpen el sueñecito bueno de la terraza. Unos pasos leves, casi felinos. Son sus pies descalzos, que ya buscan los tuyos. Y sus manos descienden como cascadas por tu pecho y tu ombligo y más allá. Y su mejilla izquierda queda contra tu derecha, y se te arruga el sombrero, y se te arruga la cara. Un susurro que es un saludo. Una broma absurda por tu parte y una risa que es su respuesta. Y al apartarse, su melena te roza los hombros y la nuca, y te provoca un escalofrío que te lleva al polo norte en un abrir y cerrar de ojos.

Y ya no está. Se ha ido para dentro. La buscas, todavía descalzo. Las baldosas están frías y tus pies lo agradecen. Miras a un lado y a otro, se esconde. Puedes olerla. Y la encuentras en la cocina, a oscuras. Entra un rayo de sol discreto por el tragaluz, que le da por la espalda. Una luz impertinente que la quiere hacer suya tanto como tú al ver su mirada. Te está pidiendo guerra y se muerde el labio para que no se le escapen las ganas. Tú sonríes dándote por aludido. No te lo piensas ni una, ni dos, ni tres veces. Es el instinto quien actúa por tí. Y ella, que ahora va de racional, te detiene a pocos centímetros de sus labios. Es uno de sus juegos macabros, en los que ella pone las reglas y tú tienes que adivinarlas. Entonces alarga el brazo y abre la nevera. Extrae otra lata, te rodea con sus brazos y, efectivamente, todo el frío acaba en tu espalda. Te retuerces pero ella no te suelta. Sonríe. Y tú te cagas en todo. Pero sonríes también, no te queda otra.
Y con los brazos todavía envolviéndote, comienza a contonearse, a soltar los cabos que sustentan sus caderas, que se empiezan a mover de un lado a otro con un movimiento hipnótico. Y bailáis a la luz del frigorífico, combatiendo de la mejor manera el calor sofocante del verano.

Porque no todos los días del verano son verbena. Pero sí hay verbenas que merecen todo un verano.