"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

25 agosto 2015

No es culpa de nadie.


No es culpa de nadie.

Nadie tiene la culpa de tus torpezas, de tus errores.

Nadie tuerce tu rumbo a propósito, nadie pone las piedras en tu camino. No hay un dios ahí arriba lloviéndote. No hay un dios que se escriba con MAYÚSCULAS, ni con minúsculas.
No hay dios, dicho sea de paso.

No es culpa de nadie, pero tú te empeñas en clamar al cielo tus miserias, en señalar hacia arriba, dedo índice amenazador, puntiagudo como una flecha, dardo envenenado, palabras sucias. Se te ha metido en la cabeza que alguien, allí arriba o abajo o donde sea, te está puteando con ganas.
Nadie, pequeña.
No hay nadie.

Nadie es culpable de tus insomnios, de tus resfriados por bañarte desnuda en la playa, de noche, luz de luna.

Que no es culpa de nadie que se te olvide la hora de comer por estar echando un polvo, el segundo de esta mañana, y ahí viene otro.

Que no es culpa de nadie que tus pecados se escriban en negrita, cursiva,
sangrado, y no los taches porque seguirán ahí.

Que no es culpa de nadie que te rías de los viejos, que te comportes como una cría, que te comas la cabeza como una adolescentes, después de cenar, y a tu cuarto a llorar, almohada cómplice y barreño de mil lágrimas sin nombre.

Que nadie tiene la culpa de que los gatos no te quieran, que te huyan, adiós.
Adiós.

Que no es culpa de nadie que te duelan las rodillas, y la espalda, y la vida.
Que te pesen los párpados y te emborraches a versos de madrugada, que te los bebas de un trago y no los entiendas, y los vomites después, a la cara de un barbudo que te mira las tetas, que los hagas tuyos, mentirosa.

Que no es culpa de nadie que tus días se cuenten en resacas, que tus amaneceres sean más grises que rojos, más azules tus mejillas que tus ojos, más morada no puedes ir, princesa.

Que no es culpa de nadie que ese saxo te vuelva loca, que te pida que bailes, que lo hagas, que te miren, que las luces te den cachetadas en el culo, los flashes, el neón, el invierno afuera.

Que no es culpa de nadie que haya saliva en tu sujetador, billetes en tu tanga, semen en el bajo del pantalón, aquella noche fue fallida.

Que no es culpa de nadie que las calles se sepan tus lunares, tus manías, tus muletillas, tus siempre bien metidas palabrotas, joder, hostia puta.

Que no es culpa de nadie que no te enteres de la misa la mitad, porque nunca has pisado una iglesia, porque no tienes intención de hacerlo, porque te cagas en dios, sin MAYÚSCULAS, sin minúsculas.

Que no es culpa de nadie que susurres socorro en silencio sabiendo siempre su sincera respuesta. Te ensordece, ¿verdaz?

Que no es culpa de nadie que se te peguen las sábanas, y los tíos, y los años.

Que no es culpa de nadie que una ducha no te haga efecto, ni un verso de más esta noche, ni una sonrisa en el espejo.

Que no es culpa de nadie que tu vida sea digna de un libro, que empieza quizás por estas líneas, que nunca leerás, porque no te da la gana.

Que no es culpa de nadie, pequeña. Ni con MAYÚSCULAS ni sin minúsculas. Ni negritas, ni cursivas, ni tachadas.

Es culpa tuya, joder, hostia puta.



Es culpa tuya.

23 agosto 2015

Sábanas.


Sábanas. Sábanas que han visto una fauna inmensa de mujeres. Sábanas que las arroparon a todas. A la de ojos marrones, de un normal abrumador. A la que echaba de menos el mar, a la que me perdió por las calles de Barcelona. La de las cervezas a medias, con limón, sin hielo, gracias. A la que reía de madrugada y despertaba a las tantas, y tantas otras que despertaron tarde. A la de las canciones, la de los conciertos, la de los bailoteos. A la que me dijo que las sábanas estaban para deshacerse, los baños públicos para tocarse y las fiestas para colarse. A la que me pidió perdón, a la que le di las gracias, mil veces cada uno. A la que arrugó las sábanas con sus estiramientos felinos. A la de los pies fríos. A la que todo el día iba caliente, la de los polvos a destiempo, la de los revolcones inesperados. A la de taparse en verano y desarroparse en invierno.

Sábanas que un día dieron cobijo al abrazo más largo. Que vieron nacer una promesa absurda que sigo intentando cumplir, que vieron morir la jodida duda de un corazón revoltoso. Sábanas que acariciaron mejillas y censuraron pechos de dimensiones perfectas. Sábanas que alargaron una hora más el sueño, que supieron hacerse a un lado cuando ya no cabía ni el aire entre nosotros. Sábanas que secaron el sudor de un cuerpo que siempre recordaré como perfecto. Sábanas que se mancharon de chocolate y lágrimas, una noche de la que nunca nos olvidaremos. Sábanas que acogieron cenas románticas, que temblaron con el tintineo de las velas, que nos desayunaron a besos prohibidos. Sábanas por limpiar, que anoche fue una locura, sábanas por el suelo, abandonadas. Sábanas que han dormido poco.


Sábanas que han aguantado noches y noches, y que han visto una fauna inmensa de mujeres. Mujeres que siempre fueron la misma; tú. Y mis sábanas que ya te echan de menos.

15 julio 2015

Gotas de lluvia.


Llueve. Llueve en exceso, como si el cielo quisiera mostrarse altivo. Nubes grises sobre fondo gris, y asfalto mojado. Bochorno y moscas alrededor de una farola, que se funde al instante. Es la única de la calle que se apaga. Insolente, imperfecta, atrevida.
Unos pasos lejanos que se arrastran. Botas besando charcos. Un carraspeo; hombre de avanzada edad, barba descuidada aunque no muy larga, pero sí canosa. Manos ásperas y grandes, curtidas a base de bricolaje en la casa de campo y ennegrecidas por el taller. La palma más tostada que el reverso. Olor a alquitrán que nunca se va, por más que su mujer le lave la ropa.
El carraspeo se torna en tos; resfriado inminente. Dos días de cama y sopa caliente para cenar. Caldo bebido, sin fideos. Crema mentolada en el pecho para respirar mejor. Pero seguirá roncando. La banda sonora nocturna de una vida monótona de una compañera de colchón de ojos gastados de mirarlo a la cara guardando pensamientos de fuga, de vidas insólitas vividas en sueños que cierran su telón al abrir los párpados.
A la tos le prosigue un suspiro. Resignación, rutina, tal vez cansancio. Los pasos se detienen frente a la farola rebelde. Una mirada hacia arriba. Gotas en la frente, las mejillas, el mentón. Los ojos achinados y la boca entreabierta en un gesto involuntario. Gotas de lluvia en los labios. Agua caliente. Un nuevo suspiro.
Se lleva las manos al cinto y extrae su herramienta de trabajo; metálica con óxido en los sobresalientes, huellas de años dedicados al mismo oficio. Acciona el aparato presionando con el pulgar en el extremo, como en el mecanismo de un bolígrafo, y se ilumina el extremo contrario. Aparece un halo luminoso, circular, que levita sobre el artilugio como sujeto por un hilo invisible. Amarillo y titilador.

- Bueno, pequeño. Bienvenido a tu celda. – la voz grave del hombre dicha para sí.

Coloca la mano con la palma hacia arriba haciendo una forma cóncava, acerca el artilugio y deja de presionar con el pulgar. La bola de luz cae sobre la palma, silenciosa, como si nada hubiese ocurrido. Centellea ligeramente. El hombre cierra el puño y la luz deja de verse. Guarda su herramienta a ciegas, aunque es algo que hace de manera mecánica. Rutina, cansancio. El agua sigue cayendo sobre su mano, su nuca. Su silueta solitaria bajo la única farola sin luz.

Entonces, da un respingo. Un ligero pinchazo en la palma, una quemadura leve. Murmura algo mientras abre el puño. Durante unos instantes, observa cómo la bola pasa de color rojo a amarillo. Un destello fugaz. Frunce el ceño y centra su atención en el halo luminoso, que centellea con irregularidad. En uno de los parpadeos, cambia otra vez de color. Verde. La palma de la mano se cubre de tierra negra, que empieza a mojarse por acción de la lluvia. Las dudas empiezan a amontonarse en la mirada del hombre. El hombre vuelca su mano y la tierra cae, pero no la luz. Pasa de tierra a arena, y ésta cada vez es más fina, hasta desaparecer antes de tocar el asfalto. De entre las dudas asoma un brillo de fascinación.
Otro parpadeo, otro color. Azul. Y la fascinación gana terreno, y viaja de sus ojos a sus labios, que sonríen ligeramente. El color tostado de su mano palidece y luego vira hacia el azul. Su mano se cubre de una fina capa de escarcha. Frío. Se agrieta. El hombre agita su mano, asustado. La bola, como si hubiese perdido su ligereza, cae al suelo como una piedra. Suena como si estuviese echa de cristal. Rueda un poco y se detiene junto al pie del hombre, que se masajea la mano y se frota las palmas para recuperar el calor. Da un paso atrás y observa la luz. La fascinación da paso a la incertidumbre, que siempre viene acompañada de miedo. Observa a su alrededor. La calle está desierta y a lo lejos tan solo se recortan las gotas de lluvia iluminadas por las farolas.
Para cuando su mirada vuelve a la luz, ésta ya es de un morado intenso. Ya no centellea. Brilla con fuerza, sin parpadeo alguno. Cada vez es más intensa, cada vez es más cegadora. Un pitido muy agudo nace de ella, leve en un principio pero en crescendo. El hombre intenta dar un paso pero el miedo lo paraliza. Mira a un lado, al otro. Nadie. Nada.
El pitido crece exponencialmente, al igual que la intensidad y el tamaño del haz luminoso. Es como un sol diminuto estallando, como si acumulara tanta energía que no fuese capaz de contenerla. Y cuando el pitido alcanza su máximo, el mundo enmudece. La explosión es silenciosa y contenida, pero la honda expansiva lanza al hombre varios metros hacia atrás. Su espalda cruje contra el asfalto.
Gotas de lluvia sobre su cuerpo. Gotas sobre su frente, sus labios, sus ojos abiertos. Gotas sobre sus huesos rotos. Gotas de lluvia y sangre que se mezclan en un charco. Ya no habrá carraspeos ni suspiros, ni caldo caliente para el resfriado. No habrá resfriado, ni enfermedad, ni sufrimiento. Habrá llanto para la compañera de colchón, y quizás vidas insólitas a partir de ahora.


El haz de luz vuelve a su estado original. Amarillo y titilador. Y desaparece en un parpadeo.